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Ser conscientes de las trampas de la mente es el primer paso para evitarlas

En muchas ocasiones somos conscientes de que queremos un cambio en nuestras vidas y en un porcentaje bastante alto de veces este cambio está relacionado con el mundo laboral. Sin embargo, a veces nos vemos incapaces de emprender el camino para conseguir este cambio por mucho que seamos conscientes de que lo necesitamos.

La razón de ello la encontramos en el subconsciente y en la manera en la que funciona nuestra mente. Todo objetivo que nos propongamos implica un cambio ya que para conseguirlo se parte de una situación presente que se quiere modificar. A veces es suficiente visualizarse disfrutando del logro para emprender el camino hacia su consecución pero en otras ocasiones la motivación es más difícil.

Los cambios representan para nuestra mente una situación de peligro y de alerta ya que ésta no distingue entre lo bueno y lo malo sino simplemente en la ruptura de unos patrones a los que la hemos acostumbrado. La ruptura de estos patrones, por tanto, no suele salirnos de forma natural sino que hemos de forzarla con valor y determinación.

Enfrentarse a nuevos proyectos requiere de aplomo y para evitar la frustración al emprender un proyecto nuevo se debe tener en cuenta que lo primero que hay que hacer es que hay que sentar las bases para derribar una serie de ideas arraigadas en la mente. Siendo consciente de estas creencias habremos dado el primer paso para derrotar las circunstancias opuestas que se nos presenten.

Para que una nueva creencia o idea se sostenga en nuestra mente hemos de sentar bases sólidas como si de un edificio se tratara; no podemos comenzar por el final puesto que entonces nuestra mente desechará la idea del cambio haciéndonos creer que somos incapaces de lograrlo.

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¿Estrés? No me queda, lo cambié por la motivación.

El estrés es ese invento moderno que viene de la mano de las nuevas tecnologías, de las multitareas, de la presión en el trabajo, del aumento de responsabilidades, de la competencia entre las empresas… La lista es interminable pero lo que todo el mundo tiene claro es que este problema cada vez está más presente en la sociedad actual.stress en el trabajo

No se puede luchar contra las exigencias de un mercado en el que los profesionales cada vez han de estar más abiertos a nuevas perspectivas si quieren sobrevivir frente a la competencia; es inútil ir a contracorriente de un mercado en el que cada vez es más necesaria la innovación no solo en productos y servicios sino también en modelos de negocio.

Luchar no, imposible, pero adaptarse sí; y adaptarse sin caer en la trampa del estrés significa valorar la salud emocional por encima de obligaciones o ritmos de trabajo acelerados. Tomarse un momento de descanso para decidir cómo invertir en uno mismo; parece fácil pero no siempre lo es.

Para llegar a obtener esa salud emocional el primer paso es preguntarse acerca de las propias motivaciones, capacidades e intereses. Es muy frecuente que éstas no coincidan con las tareas que se desempeñan a diario. En ese caso lo primero que hay que tener claro es que nunca es tarde para cambiar y para reinventarse; la búsqueda y el disfrute del futuro profesional deseado es un derecho al que se debe aspirar si se quiere ser feliz en el mundo laboral.

Todo cambio debe empezar por dejar atrás viejos hábitos (puesto que en caso contrario no habría sitio para los nuevos) y abrirse al entorno para buscar momentos de aprendizaje constantes. Sin embargo, la modificación de las rutinas y de los modos de hacer no es tarea sencilla puesto que requiere de grandes dosis de esfuerzo y energía.

La motivación y el tener presente el sentido de lo que se hace es lo único que aporta ese plus de energía necesario. Por eso es tan importante elegir una ocupación acorde con los intereses de cada uno. Al fin y al cabo, en la sociedad de hoy en día la satisfacción personal es una de las pocas formas de librarse de ese todopoderoso estrés. Merece la pena arriesgarse; arriesgarse a cambiar y a ser feliz.

Autor de la imagen: Le Alberto

La entrevista de trabajo, un logro y un reto

Existen pocos consejos que puedan garantizar un empleo. De hecho, la consecución de un puesto laboral muchas veces, más allá del CV y la actitud, no depende ni siquiera de uno mismo sino de lo que vaya buscando la empresa en cuestión. No, encontrar empleo no suele ser un proceso fácil. Por eso el ser llamado a una entrevista es ya un logro, una buena parte del camino recorrido y también un paso que hay que medir y cuidar al detalle.

Las capacidades de cada uno y las habilidades de comunicación son esenciales en el primer encuentro con la que puede ser la futura empresa pero también es importante tener en cuenta una serie de aspectos que abarcan el antes, el durante y el después de la entrevista.

Lo primero es la puntualidad, éste es un aspecto esencial que dice mucho de la persona antes incluso de que el entrevistador haya podido hablar con ella o verle la cara. Llegar tarde y mucho menos intentar justificar esa tardanza con largos argumentos no es una opción. Se recomienda llegar al sitio unos diez o quince minutos antes de la hora; con ello se evitan posibles imprevistos que puedan surgir más allá de nuestro control.

El tiempo no es lo único a tener en cuenta antes de salir de casa. La imagen es también fundamental, por supuesto ir mal vestido o transmitir la sensación de poco aseado no es permisible pero tampoco la mejor opción tiene que ser la corbata. La imagen habla de nosotros y debemos adecuarla a las cualidades que queremos transmitir para el puesto.

Algunos errores que se deben evitar son el ir acompañado a la entrevista, algo que implica poca seguridad, o dejar encendido el teléfono móvil durante la entrevista, lo cual denota poco respeto por la importancia del momento.

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Yo soy la clave del éxito

Ante la pregunta de cuál es la clave para el éxito, existe un amplio porcentaje de personas que responderá “suerte” frente a otro que responderá “trabajo”. Ambos componentes son necesarios, en la gran mayoría de los casos el éxito hay que trabajárselo pero también hay que estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Sin embargo, existe un gran riesgo en centrarse en este último punto y acomodarse en “la mala suerte” sin asumir nuestra parte de responsabilidad.

En toda circunstancia existe una parte que podemos controlar y otra que no está dentro de nuestro círculo de influencia. El primer paso a seguir ante las dificultades es centrarse en aquella parte que está dentro de nuestro control e intentar mejorarla. Hay que tener presente que con las mismas actitudes conseguiremos los mismos resultados pero con un cambio en las mismas éstos también se modificarán.

En ocasiones cuando surge un problema no somos 100% responsables del mismo pero si no lo somos en ningún grado tampoco podemos ser parte de su solución. Por ello debemos asumir que si bien no controlamos por entero las circunstancias que nos rodean, sí controlamos las decisiones que tomamos ante las mismas y son esas decisiones, de las que sólo nosotros somos responsables, las que marcan la diferencia.

Un ejemplo práctico de esto lo tenemos en el caso de dos personas que trabajan en un mismo puesto con un mismo entorno incluso con las mismas capacidades pero que obtienen resultados diferentes. Esa diferencia en este caso no la marca la suerte sino la actitud; la capacidad de anticiparse al problema para buscar su solución y la habilidad para responsabilizarse de las dificultades y tenerlas en cuenta para seguir progresando en lugar de negarlas o de responsabilizar a otros de ellas.

El problema no es que las dificultades aparezcan sino que su aparición tenga el poder como para frenar nuestro camino, de esta manera estaríamos adoptando una actitud reactiva en la que daríamos a lo externo un poder mayor sobre nuestras vidas que el que con una actitud proactiva nos daríamos a nosotros mismos.

Tal vez el éxito no tenga claves pero sí desde luego caminos más adecuados para acercarse a él y la proactividad es sin duda uno de ellos.

Hablar sin palabras

Normalmente, y más cuando se trata de trabajo, pensamos mucho lo que vamos a decir. Si tenemos que hacer una entrevista para un puesto, si tenemos que pedir algo a un superior, si hemos de comunicar algo a los compañeros de empresa… escogemos las palabras detenidamente y con antelación; las repasamos, las cuidamos e incluso nos las aprendemos de memoria si es necesario.

Sin embargo, en este proceso que nos parece tan meticuloso estamos olvidando cuidar más de la mitad del significado de lo que vamos a decir: estamos olvidando la comunicación no verbal. Nuestro tono de voz, nuestra apariencia, nuestros gestos y cada parte de nuestro cuerpo habla de nosotros mismos o de nuestro mensaje mucho más de lo que lo hacen nuestras palabras.

Si hay que poner la efectividad de la comunicación en porcentajes se puede decir que sólo un 7% del mensaje corresponde a lo verbal frente a un 38% de vocal y un 55% de señales y gestos. No hay que olvidar que mientras verbalmente sólo comunicamos información con la comunicación no verbal transmitimos estados y actitudes personales. De ahí la razón por la cual las entrevistas de trabajo casi siempre son cara a cara; en una entrevista telefónica el entrevistador se estaría perdiendo el 65 % de lo que le estamos “diciendo”.

Pero, ¿por qué los gestos comunican tanto de uno mismo? Tal vez sea porque son más difíciles de fingir que la palabra. Es cierto que hay algunos que se pueden imitar; de hecho jugamos con la ventaja de reconocer el significado de ciertos gestos que son universales (como asentir con la cabeza, fruncir el ceño o encogerse de hombros) y es eso lo que nos sirve para “mentir” con el cuerpo. No obstante, hay detalles tales como las cejas, la risa o las pupilas de los ojos que son muy difíciles de controlar, por lo que un interlocutor observador podría perfectamente detectarlos y descifrar aquello que se esconde tras los mismos.

La conclusión es por tanto que siendo conscientes de la importancia de este tipo de comunicación tenemos muchos más recursos tanto para comprender a los demás como para hacernos comprender. Pero tampoco hay que obsesionarse con lo que el cuerpo transmite, de nada sirve forzar ciertos gestos cuando hay otros detalles que delatarían ese esfuerzo; al final, como siempre, lo mejor es mantener una actitud de seguridad y confianza en uno mismo. El cuerpo se encargará sólo de transmitirla.

La inteligencia emocional gana terreno a la convencional

De pequeños nos decían que éramos muy inteligentes cuando sacábamos buenas notas. El boletín del colegio primero y la cartilla de notas de la universidad después reforzaban nuestra autoestima en lo que a inteligencia se refería. Pero los tiempos han cambiado y las calificaciones académicas tienen poco o nada que ver en un tipo de inteligencia nueva que está muy de moda; la inteligencia emocional.

Dicen que es necesaria independientemente del rol que desempeñemos. La resolución de fórmulas matemáticas o la memorización de largos textos no influyen en este término que alude a las habilidades sociales necesarias para el desarrollo sano de nuestra vida. Los test de inteligencia convencionales no sirven en este caso, pero entonces ¿cómo podemos medir nuestra inteligencia emocional?

Uno de los pilares de la inteligencia emocional es el conocimiento de uno mismo; de ahí que la clave para reconocerla sea analizar nuestros errores y debilidades. En el auto-análisis de nuestra conducta deberemos tener en cuentas puntos como: si queremos tener siempre la razón en las discusiones, si encontramos un culpable para nuestras circunstancias reservándonos el papel de víctimas, si somos excesivamente pesimistas y utilizamos excusas para justificar nuestra falta de éxito o si somos desconfiados, susceptibles e intolerantes.

Si nos inquieta descubrir alguna de estas conductas en nuestra vida diaria es señal de que los niveles de nuestra inteligencia emocional son bajos. Sin embargo no hay porqué alarmarse pues, a diferencia de la inteligencia convencional, ésta se puede mejorar con un cambio en nuestro punto de vista que nos lleve a cambiar nuestras reacciones y a asumir el papel de protagonista en nuestras vidas. Conseguir esto nos aportará probablemente muchas más satisfacciones de las que nos aportaba la cartilla de notas.

La automotivación o cómo tomar las riendas de tu trabajo

A menudo se habla de técnicas motivacionales que la empresa debería emplear para generar satisfacción en el trabajador. Sin embargo, desgraciadamente, no todas las empresas llevan a cabo esta serie de técnicas y eso supone que muchos trabajadores puedan estar insatisfechos con su trabajo pensando que no pueden hacer nada por cambiarlo.  No obstante esto no es así.

El trabajador también tiene en su mano la capacidad de motivarse y sentirse más a gusto con su empleo. La adopción de una actitud positiva ante los contratiempos y las situaciones cotidianas es fundamental. Esto no siempre es fácil y muchas veces lo ideal es cambiar de empresa para encontrar una en la que sentirse satisfecho. Pero como esta situación puede ser aún más difícil que la primera opción lo más práctico es seguir una serie de pasos para mejorar la rutina laboral diaria.

El primero de todos es analizarse a uno mismo y determinar qué factores son los que se necesitan para sentirse satisfechos con la vida laboral. Normalmente éstos suelen ser dinero, ascensos, o posibilidad de desarrollo profesional. La combinación de estos ámbitos y la priorización entre ellos es libre pero puede resultar muy útil a la hora de decidir si merece la pena o no continuar en el mismo puesto laboral con las mismas condiciones.

Este análisis se tendrá en cuenta en la puesta en marcha de una serie de aspectos más concretos para mejorar el ambiente laboral tales como:

-    Definir nuevos desafíos en el trabajo si éstos ya no están dados de por sí; pequeños retos que se salgan de la normalidad pueden aportarnos la satisfacción del trabajo bien hecho.

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